Hay una frase que importa más que todo lo demás de esta página: el filtro que protege tus ojos y el filtro que protege tu cámara son dos objetos distintos, y necesitas los dos. Las gafas de eclipse están homologadas para ponerse delante de una pupila humana de unos pocos milímetros. Un objetivo es un embudo de luz con una pupila de entrada decenas de veces mayor, y concentra todo lo que recoge sobre una cortinilla, un espejo o un sensor. Apunta un teleobjetivo sin filtro al Sol unos segundos y puedes cocer sus tripas —y si además estás mirando por el visor óptico mientras lo haces, el daño no se quedará en la cámara.
El filtro va delante del objetivo
Un filtro solar fotográfico se monta sobre la lente frontal, de modo que la luz se atenúa antes de entrar en el sistema óptico. Enroscar un filtro oscuro detrás, o colocarlo tras el ocular de un telescopio, significa que el haz concentrado sigue llegando al vidrio: una forma excelente de reventar un filtro y arruinar un ojo en el mismo instante.
Lo que no sirve: unas gafas de eclipse pegadas con cinta al parasol. Son seguras para los ojos e inútiles para fotografiar. La película no es ópticamente plana, así que degrada la resolución de forma bestial; está dimensionada para una cara, no para una lente frontal de 80 mm; y cualquier apaño con cinta que se suelte con una racha de viento convierte un elemento de seguridad en un peligro. Compra un filtro solar hecho para eso —lámina cortada a medida en una montura rígida, o un filtro solar de rosca para tu diámetro— y comprueba que ajusta lo bastante fuerte como para no desprenderse de un golpe.
Con el filtro puesto cambia todo lo demás. El autofoco patinará sobre un disco sin textura: enfoca a mano sobre el limbo solar, ampliando al máximo en live view, inmoviliza el anillo con cinta y no lo toques. La exposición automática también se equivocará ante un fotograma negro con un punto brillante, así que trabaja en manual. Y usa la pantalla en lugar del visor óptico: mantiene tu ojo fuera del camino de la luz.
Un móvil o un teleobjetivo, y qué puede dar cada uno
Sé realista con el tamaño del Sol en el encuadre: el disco solar mide medio grado escaso, y por eso un móvil en gran angular registra un punto brillante y poco más. No es motivo para dejarlo en casa, sino para darle el trabajo que hace bien.
Un móvil, bien usado, fotografía la escena: el paisaje oscureciéndose, el color del cielo, las caras de quienes tienes al lado, el resplandor del horizonte en los 360 grados. Esas imágenes envejecen mucho mejor que un teleobjetivo algo blando, y casi nadie vuelve a casa con ellas. Si además quieres el móvil en las fases parciales, un trozo de lámina solar sujeto plano sobre la cámara trasera funciona, pero bloquea la exposición a mano o el teléfono se empeñará en aclarar el fotograma.
Una cámara con teleobjetivo fotografía el objeto. Hacen falta varios cientos de milímetros de focal para que el Sol deje de ser un punto y empiece a ser un sujeto con estructura visible, y bastante más para que llene el encuadre. Si tu objetivo más largo es un zoom de kit, asúmelo y compón en abierto en vez de perseguir un recorte que no vas a conseguir. Uses lo que uses, dispara en raw: el rango dinámico que vas a necesitar después no está en un JPEG.
La única ventana en la que se quita el filtro
Dentro de la banda de totalidad, y solo durante los segundos exactos en que el disco solar queda completamente oculto, el filtro sale del objetivo —porque con la fotosfera tapada ya no queda nada lo bastante brillante como para dañar nada—. En cuanto termina la totalidad vuelve a su sitio, antes de que reaparezca la primera esquirla de Sol. Es la misma regla que gobierna tus gafas, y está desarrollada entera en nuestra guía para mirarlo con seguridad.
La exposición durante esos segundos es lo que casi todo el mundo falla. La corona no tiene un brillo: abarca un rango enorme, desde la estructura interior pegada al limbo hasta penachos tenues a varios radios solares. Ninguna exposición única lo captura todo. El método estándar es fijar diafragma e ISO y horquillar la velocidad de obturación con mucha amplitud, de muy rápida a bastante lenta, manteniendo el disparador con el bracketing configurado o lanzando un intervalómetro. Los fotogramas rápidos registran las protuberancias y la corona interna; los lentos, la corona externa y, con suerte, la luz cenicienta sobre el disco lunar. Luego se funden, o te quedas con las dos o tres que te gustan.
Prepara todo esto de antemano. Aquí la totalidad es corta y no es el momento de andar navegando por menús.
Encuadrar un Sol casi tocando el horizonte
Esta es la parte que hace del 12 de agosto un eclipse distinto del de manual, y corta por los dos lados. En la banda española el Sol está aproximadamente entre 2° y 12° sobre el horizonte durante la totalidad, con el azimut desplazándose desde unos 279° en el noroeste peninsular hasta 287° en Baleares —cifras que salen de los datos de ciudades del propio proyecto y están desglosadas en el eclipse del atardecer—.
El regalo es que un Sol bajo te permite meter la corona y suelo real en el mismo encuadre. Un disco negro rodeado de corona, posado sobre una línea de cresta o una costa en pleno color del crepúsculo, es una imagen que no puedes construir en un eclipse de mediodía a ninguna focal. Merece la pena componerla a propósito, con un objetivo moderado.
Los costes son tres. La obstrucción: un cerro, una hilera de árboles o un bloque de pisos que serían irrelevantes con el Sol en lo alto pueden esconder el evento entero, así que el trozo exacto de horizonte oeste que cae en tu azimut tiene que estar limpio. La extinción atmosférica: cerca del horizonte disparas a través de muchísimo más aire, que atenúa y enrojece el Sol y ablanda el detalle, así que cuenta con necesitar más exposición de la que sugiere cualquier tabla genérica y con un seeing mediocre. Y la calima, que puede impedirte enfocar al final: revisa el enfoque pronto, mientras el Sol aún está alto en la fase parcial.
Un objetivo casi horizontal sí facilita el trípode: sin inclinaciones incómodas hacia arriba, sin visor acodado, sin pelearte con una rótula al límite de su recorrido. Úsalo igualmente: los teleobjetivos a velocidades lentas con luz decayendo no perdonan a pulso, y quieres que el encuadre siga donde lo dejaste mientras miras al cielo y no a la pantalla.
Ensaya con una puesta de sol de verdad
Es la hora mejor invertida de toda la preparación, y casi nadie la invierte. Ve a tu sitio elegido varios días antes, más o menos en el mismo punto de la tarde, con el equipo que piensas usar. Aprenderás cosas que ninguna aplicación te cuenta: si esa loma que descartaste recorta el Sol de verdad, por dónde se pone respecto a una referencia que puedas volver a encontrar con prisa, si el suelo está lo bastante llano para el trípode, si el camino de acceso tiene cadena de noche y cuánto tardas en montarlo todo.
Haz las comprobaciones aburridas esa misma tarde: baterías cargadas y repuestos en la bolsa, tarjetas vacías, estabilizador desactivado sobre trípode, reducción de ruido de larga exposición apagada para que la cámara no se bloquee en mitad de una secuencia. Los horarios y el horizonte de tu pueblo están en su ficha municipal.
El consejo que nadie quiere oír
Aquí la totalidad es corta. Si te la pasas mirando el respaldo de una cámara, habrás fotografiado un eclipse que no viste. La corona al borde de la noche, sobre un paisaje que conoces, no es algo que una pantalla te devuelva después.
Así que elige uno de dos planes. O automatizas: enfocas, lo compruebas otra vez, dejas el bracketing puesto, arrancas el intervalómetro en el segundo contacto y no tocas la cámara hasta que acabe. O, mejor si es tu primer eclipse total, disparas bien las fases parciales, dejas compuesto y corriendo un plano general del paisaje oscurecido, y luego te quedas quieto con las manos vacías durante los segundos que importan. Las fotos de ese plan son peores. El recuerdo no.